«¿Por qué el hombre se muestra tan cruel con la naturaleza? Esa es la gran pregunta» (F.W.Murnau)
«Los Hombres me entristecen, me aburren o me enferman. Cosa que no me ocurre con los árboles, con las flores o los grillos». (Grouxo Marx)
«Se sientan los espectadores frente a la pantalla y a mí me gustaría decirles: Olvidaos por un rato de este haz de luz y pensad en los raudales de luna que se derraman en el mundo. Creo que toda forma de arte sería inútil si los hombres supiéramos apreciar la belleza de la naturaleza». (Kon Ichikawa)

«Pienso que la polución no empieza en la atmósfera, sino en las relaciónes entre los hombres«. (Herbert J.Biberman)
«Me gusta el aire libre, los grandes espacios. Odio todo lo que obstruye la relación del hombre con la naturaleza. Toda forma de mezquindad procede de ahí». (John Ford)
«El hombre que ama a la naturaleza es bueno». (Robert J. Flaherty)
«Habéis visto demasiadas ciudades, ferrocarriles y fábricas. Sabéis ya demasiado de ríos sin agua, de tierras calcinadas y atmósferas irrespirables. Y eso me entristece porque habéis enfermado a la par que la tierra, el aire y las aguas. Por eso traigo esta película sobre un sagrado bosque de hace muchos siglos, para que intentéis recordar«. (Satyajit Ray)
«¡Qué pequeño es este mundo y qué maltratado está! Mueren los bosques y los ríos; los hombres dan saltos y gritan dentro de su cárcel, como pájaros presos. Pero, ¿Por qué correrán tanto y con ese ruido; y para qué?. Parece que tuviesen miedo a perder lo que no alcanzan…». (Rabindranath Tagore)
< LA SOLEDAD DE JAMES OLIVER CURWOOD >
¿Es concebible que hallemos en la imaginación o en la realidad un monstruo más diabólico que el hombre civilizado? (J.O.Curwood)

Desde mi primera infancia todos mis instintos me empujan a apartarme de la gente e internarme en la selva. Mi amor por la naturaleza me impedía sentir miedo.
La noche ejercía una gran fascinación sobre mí. Me emocionaba los murmullos que brotaban del poblado bosque cuando todos dormían. Las profundas sombras, las formas entrelazadas, los estanques y los lagos iluminados por la Luna… En tales noches respiraba algo que insinuaba la rectitud e idoneidad de todas las cosas.
Yo escribía sobre piratas, indios y grandes cazadores. Y «Skinny» mi camarada del rancho vecino, me ayudaba a urdir aventuras. Cuando me encontré ante su tumba treinta años despues, sentí una de las punzadas más profundas de soledad y pesadumbre que le es posible soportar al corazón humano. Durante mucho tiempo estuve sentado junto al montículo bajo el cuál yacía.
En 1894 me encontré por primera vez en una región deshabitada, una extensa soledad ocupada tan solo por unos cuantos indios que se dedicaban a la caza. Había visones y ratas almizcleras por todas partes y, ocasionalmente, un gato montés o un oso. Las bandadas de patos, mirlos y palomas oscurecían el cielo.
En mi opinión es imposible vivir cierto tiempo en la naturaleza sin perfeccionarse en algo. No creo que exista un solo hombre inteligente y bondadoso que no ame a los animales, las flores, las estrellas y el aire libre. Si yo fuese un salvaje (y las creencias de los salvajes son las más fidedignas y las más bellas) un río sería mi dios. Porque de todas las cosas creadas no hay una que pueda revelar más sublimidad a los ojos del hombre. El hecho de que no conservemos limpias sus aguas, que las llenemos de inmundicias y destruyamos su santidad, no es más que una de las muchas manifestaciones destructoras con que la bestia humana, en su loca carrera tras el poder y el dinero, insulta a la naturaleza.

Cuanto agradezco a la Vida que mi Río, el viejo Shiawasse, fuese limpio en mi niñez. Hoy no es más que uno de los miles de ríos que están enfermos o agonizantes. Pero lo amo tanto en sus momentos de degradación como en sus días de gloria. Cuando pienso en lo que mi río ha hecho por mí, pido al cielo que una visión más amplia e inteligente del hombre pueda dar oportunamente, a cada muchacho y muchacha, un río limpio. Os he contado como conocí las infinitas praderas, las montañas más vírgenes, las grandes llanuras del Norte, las nieves del Ártico y un millar de caminos acuáticos. Sabéis que he llegado a convencerme de que la vida del animal o el árbol es tan preciosa como la mía; que el corazón del hombre que llamamos salvaje está lleno de bondad, y que existe una Gran inteligencia que da sentido a la Creación. Lo que adquirí en aquellos viajes solitarios, no lo cambiaría por las posesiones de todos los millonarios de la tierra.
< JAMES OLIVER CURWOOD LA LLAMADA DE LA SELVA >.
«Vayamos despacio. Estamos tratando de comprender algo que no pertenece al tiempo, algo que no ha sido creado por el pensamiento humano». (J.O.CURWOOD)

– Hablando de su relación con la Naturaleza, usted usa términos como «Protección», «Lo sagrado», «Gran inteligencia»…
– Protección, sí. Empecemos por ahí. En su infancia Curwood se veía irresistiblemente atraído por la selva que casi circundaba el pequeño rancho. En aquellos parajes abundaban los pumas, linces y grandes osos grises. El niño había sido advertido del peligro, llegó a ver el cuerpo de un leñador destrozado por un puma. A pesar de ello, siempre que podía burlar la vigilancia de sus padres, él se adentraba en el bosque.
– Protegido, escribía usted, por «extrañas presencias».
– Sí; el niño hablaba de «ángeles». Defender su existencia significaba tres peleas diarias con sus compañeros de colegio. El maestro dejó escrito que «Curwood recuperó la salud mental a costa de palizas» (Risas) Pero, mire, en una ocasión el niño se encontró frente a una osa con sus dos cachorros. Había pasado el invierno y era lógico suponer que el animal estaría hambriento. El niño permaneció sentado y en silencio a corta distancia del gran «grizzly». Aquello duró toda una semana.
– Usted decía que, por aquél entonces respiraba algo que «insinuaba la rectitud e idoneidad de todas las cosas».
– Un inmenso sentimiento de compasión. Cómo sabe, esa palabra, etimológicamente, significa «pasión por todo».
– Y, sin embargo, usted mataba con su rifle y con sus cepos. Su habitación estaba decorada con dientes de pequeños mamíferos y colas de pájaros. –
– Era una práctica habitual en aquellos tiempos y el niño había sido condicionado por la tradición. Pero un día disparará contra un abejaruco, hiriéndolo en la cabeza, de manera que cuándo esa maravillosa avecilla agoniza entre sus manos, él pudo ver el pequeño y palpitante cerebro. Curwood nunca sabrá expresar con palabras lo que sintió entonces. El animal exhala su último aliento y el niño descubre horrorizado que ha matado una bella y frágil forma de inocencia. Curwood sufre una violenta conmoción y, a partir de entonces, extenderá esa cualidad de inocencia a toda la Naturaleza.

-¿Extenderá?
– Curwood nunca volverá a matar por placer. A sus ojos, la Naturaleza, aquello que no ha sido corrompido por el hombre, es inocencia. Ahora el niño se adentra en el bosque con un profundo sentimiento de piedad hacia todas sus criaturas. En los próximos días, su padre lo encontrará invariablemente sentado junto al lago, como dominado por una extraña sensación de ausencia. Pero la atención de Curwood hacia lo que le rodea es total ¡El observador y el campo de observación son una misma cosa!
-No creo entenderle bien. ¿Quiere decir que el niño no se siente separado del entorno?
– Oh es evidente que está separado como organismo físico, pero fuera de eso solo existe el sentimiento de total comunicación. Cuando la mente del niño se relaciona con el gran «grizzly», «ve» el poder y la dignidad de esa tremenda energía de la selva, la seguridad y belleza de sus movimientos, los brillos de su pelaje, su delicadeza con el cachorro. El corazón del niño vibra con el latido del bosque, que es el impulso energético de la tierra, la humedad y fragancia del aire, el murmullo del lago. La totalidad del organismo está implicada en la observación y existe el sentimiento de completa pertenencia al entorno. Oh, todos los niños han vivido con esa extraordinaria cualidad perceptiva, de la que han sido violentamente desposeídos por el adulto.
– Años después, usted escribiría que Curwood siempre mantuvo esa cualidad, que nunca se dejó atrapar por ningún dogma religioso, por ninguna ideología, que nunca buscó la seguridad de una cuenta bancaria, el prestigio social o la idea de pertenencia a una tradición o a una patria.
– Curwood siempre agradeció a la Naturaleza el mayor de sus dones una mente que encontraba seguridad en si misma.
*Artículos extraídos; voces del cine sobre naturaleza y Fantasmas del cine J.o.Curwood «la llamada de la selva» y «la soledad de J.o.Curwood» escritos para La guía en 1990.
Ángel García del Val
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