FANTASMAS DEL CINE: Sergio Leone «Por un puñado de muertos»

«He abordado el género western con gran amor y con gran ironía, sobre todo en mi primer film, poniendo en primer plano la preocupación por la autenticidad». (Sergio Leone)

«Sergio me pedía músicas antes de rodar una escena pero yo le exigía imágenes antes de componer. El gran éxito de taquilla de «Por un puñado de dólares» nos sorprendió discutiendo. Nos dimos un fuerte abrazo y hablamos de un futuro proyecto». (Ennio Morricone)

En 1964, con el pseudónimo de Bob Robertson, realiza el primer western europeo de calidad.

Al año siguiente con «La muerte tenía un precio» se consagra a nivel internacional. Durante el resto de su vida aceptará complacido el título de «padre del spaghetti western«.

Entrevistamos al orondo fantasma de Sergio Leone.

«Por un puñado de dólares» tuvo un espectador de excepción: John Ford. ¿Que opinó del film?

– Estaba sorprendido por la fidelidad en la puesta en escena, llegando a preguntar si los exteriores estaban rodados en Nuevo México. Pero le disgustaron algunas escenas de violencia. Dijo que no era tan fácil matar a un hombre con un revólver. Y en realidad tenía razón.

– Rigor en la ambientación y un desagradable culto a la violencia. Un crítico americano decía que sus películas habían eliminado del western la «poesía del buen morir».

– Sobre el realismo en la ambientación le diré que me sentí alagado cuando vi la influencia que ejercían mis películas en realizadores como Don Siegel, Peckinpah y el mismo Clint Eastwood. El vestuario, las armas, las sillas de montar, todo el utillaje de sus westerns era por fin verosímil. En este sentido, mis películas y las de Sergio Corbucci fueron muy positivas.

– ¿Y que me dice de la violencia? Usted repitió hasta la saciedad que odiaba la violencia real o representada, a menos que tuviese un claro valor de amonestación. Y, sin embargo, su primer western ya acumula más de cien muertes violentas, envueltas en chistes y músicas enervantes.

– No creo que eso signifique deleitarse con la violencia, ni como dijo algún crítico, excitar los instintos más bajos y vulgares del espectador. En mi última Jornada en San Francisco, una cadena de televisión retransmitía en directo la agonía de un atracador alcanzado con los disparos de un policía. Durante cinco minutos un joven negro llamaba a gritos a su madre mientras escupía sangre. Esa misma noche nos ofrecían la muerte de un suicida. Otros cinco minutos de griterío colectivo y una caída libre de veinte metros ofrecida por cortesía de una marca de hamburguesas. Piense que ese tipo de imágenes se ofrecen en horas de máxima audiencia.

– Ya. Usted quiere decir que comparado con todo eso, sus películas…

– Mire, los noticiarios, esa antología del terror cotidiano, le están vendiendo el siguiente mensaje: «Reconciliese con su pequeña parcela de bienestar cotidiano. Sea un ejecutivo, un obrero, una sencilla ama de casa… Un ser aburrido y triste por el resto de sus días. Piense que hay cosas peores». Y a continuación, para demostrarle que no todo es hambre, violencia y suicidios en el mundo, le ofrecen a Bob Hope en directo y la posibilidad de ganar un coche sin moverse del sofá.

– ¿Y que nos propone usted con sus películas?

El hombre sin nombre de la Trilogía del dólar.

Un pistolero sin nombre, un mercenario con vocación de ángel exterminador, llega a un pueblo donde las autoridades, los comerciantes y el herrero nadan en un charco de corrupción. El entra en escena sin dinero y sale sin dinero. No busca posición, prestigio, ni el aplauso de nadie. Y es un hombre que actúa solo. Cuando deja el pueblo, le despiden agradecidos un viejo posadero, el enterrador y una familia de pobres campesinos. El espectador sale del cine y dice. «Bueno, este al menos no nos ha vendido una coartada moral».

– Y eso bien vale cien cadáveres.

– Si tenemos en cuenta que es un pueblo pequeño.

Y el fantasma se despide entre gestos y sonrisas que nos recuerdan al entrañable Eli Wallach de «El bueno, el feo y el malo».

Ángel García del Val

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