«La esclavitud de las mujeres envenena la historia de la humanidad. Mucho más dolorosa que la de los hombres, plantea a la vez el problema del trabajo forzado y de la explotación sexual» (Jean Michel Deveau)
«Los primeros escritos de la humanidad, en Mesopotamia y Egipto, aconsejan marcar a las niñas esclavas con un hierro candente. Toda forma de gobierno civilizado, toda religión organizada ha fomentado el servilismo de la mujer» (Aldous Huxley)
«Docenas de millones de niñas ejercen la prostitución en todos los países del mundo. La explotación sexual es solo un aspecto de la esclavitud infantil» (Informe de Unicef)
«Nobles guerreros de valor y generosidad incomparables. Niños de risa fácil. Mujeres sanadoras de poderes maravillosos. El indio americano es la adaptación más afortunada y persistente que jamás haya logrado el hombre con la naturaleza». (James O. Curwood)

«En 4 décadas los españoles exterminaron a 15 millones de indios. En 3 siglos morirán 80 millones en el mayor genocidio colonial programado por los europeos». (Marvin Harris)
«Hasta la llegada de los europeos, el indio americano desconocía la tuberculosis, la difteria, la gripe, el sarampión, la viruela, la malaria, la fiebre amarilla, la peste y el cólera». La viruela se usó en toda América como arma contra los indios. (Informe de la OMS)
El jefe Cheyene Two Moons participó en la batalla de Little Big Horn, donde una coalición de tribus indias al mando de Sitting Bull, derrotó al general George A. Custer, a quien los indios llamaban «el matador de niños y mujeres».

Veinte años después, el escritor Hamlin Garland describía a Two Moons como «un anciano esbelto, de rasgos delicados, pecho poderoso y gesto amable y cordial».
Conversamos con su espíritu, en un bosquecillo de sauces junto al río Hudson.
– Hábleme de su infancia.
– Por entonces mi pueblo vivía amenazado por el hombre blanco, que buscaba oro en las montañas, destrozando la tierra y sus manantiales. Mataba a los animales salvajes por el precio de su piel y destruía los bosques para vender su madera y dar tierras de pasto a grandes rebaños de desdichados animales que vivían marcados por el hierro de fuego y las cicatrices del látigo antes de ser degollados.
– Luego construyeron ciudades que sellaban la tierra, lo que para ustedes era un sacrilegio.
– Para un indio, tocar la tierra con los pies descalzos es un acto de purificación. La tierra virgen era el suelo de nuestras tiendas. En aquellas sucias ciudades, los blancos padecían terribles enfermedades que contagiaron a los indios. Todos los niños y niñas de mi aldea soñábamos ser grandes guerreros. Nuestra causa era justa.
– ¿Que disciplina seguía una niña para ser guerrera?

– Mi pueblo no tenía libros ni escuelas (Two Moons sonríe) Tampoco teníamos templos, hospitales, cárceles ni manicomios. Pero con cinco años una niña india nadaba como un pez. A los siete recorría grandes distancias en la pradera y subía montañas. Con diez galopaba con soltura en su caballo y era diestra con el arco y el cuchillo, conocía las costumbres de los animales salvajes y el poder de las plantas que curan, cruzaba de noche los lugares llanos y abiertos y dormía invisible entre matas y arbustos…
– Hasta cumplir los catorce. Entonces ayunaba varios días, solitaria, en la cima de una montaña.
– Por entonces ya sabía que la totalidad de la vida se manifiesta como un reto a cada instante y que la respuesta adecuada al reto es una fuente de poder
– Oliver Curwood definía al guerrero como un «defensor de la Madre Tierra, de valor y lealtad a toda prueba y de generosidad sin límites, cuya única y austera ambición es acumular «actos de poder» ¿Que es para un guerrero un acto de poder?

– Con ese niño triste que se cruza en su camino, la vida le ofrece un reto. Hay lágrimas en sus ojos, el niño se siente solo, perdido, y despierta en usted un profundo sentimiento de ternura y afecto. Devolver su sonrisa al niño es un «acto de poder», el único poder que puede acumular el corazón de un ser humano para dar respuesta a ese reto final que significa la muerte.
– De las mujeres indias decía Curwood que «sus cuerpos son por lo general muy perfectos y bellamente proporcionados, mucho más que los de cualquier pueblo civilizado, y su espíritu tan libre como el aire que respiran».
– Todo lo que da a luz es femenino. La mujer encarna la virtud de la Tierra, la Gran madre en la que todo vive. Cuando el Gran Espíritu del Bien puso a los seres humanos sobre esta tierra, deseaba que cuidásemos del suelo, que no nos hiciésemos daño los unos a los otros. Las plantas y los animales, en su inocencia, son seres completos, no pueden hacer mal, solo el hombre puede hacerlo. Nacer mujer en esta tierra es una responsabilidad sagrada.
– ¿Responsabilidad?
– Nadie como la mujer es capaz de discernir los ritmos de la naturaleza, que hoy clama redención a la humanidad y pide ayuda para las demás especies vivas. Todos los territorios del planeta piden que se les alivie de la carga constante de la explotación. Nuestros ancianos decían que, cuando los hombres empiezan a comprender las relaciones con el Universo que las mujeres han conocido siempre, el mundo funciona mejor.
– Las mujeres indias pintaban en sus tiendas la figura de un guerrero que cabalga entre rayos de tormenta, protegiendo a una niña que sonríe entre sus brazos.
– Durante su lactancia, el niño pasa mucho tiempo en brazos de su padre, que lo limpia, entretiene y vigila mientras duerme, para que la madre descanse.
En los días muy fríos del invierno cuando escasea la comida, los guerreros ayunan y hacen todo el trabajo de la aldea. Buscan leña y mantienen los fuegos, cocinan, atienden a los caballos y por las noches vigilan el sueño de la aldea.
– Y en tiempos de paz se alegran de que las mujeres gobiernen la tribu.

– El indio sabe que una niña que crece feliz despertará muy pronto al poder de sanación y videncia con que la Gran Madre sostiene la vida. He visto a niñas de siete años curar terribles dolores con la imposición de manos, tranquilizar a los caballos en noches de fuertes tormentas y predecir la lluvia con días de antelación. No conocí a un solo guerrero que lamentase haber seguido el consejo de una mujer (Two Moons vuelve a sonreír). Y puede jurar que nuestras mujeres se pasaban el día aconsejando.
El jefe me señala la gran montaña de nuestro horizonte, donde murieron muchos de sus antepasados.
– En la cima de aquella montaña murió mi bisabuelo con casi cien años. Se despidió de la aldea con una canción de bienvenida a la muerte, que enternecia a los mayores pero hacía reír y bailar a los niños, que lo acompañaron un trecho del camino y volvieron cantando a la aldea.
– Muy bella enseñanza ¿Que decía la letra de esa canción?
– Que ni la muerte podrá quitarte todo lo que ganó tu corazón, porque el tesoro de tu corazón es también el suyo.
Y Two Moons se despide muy cariñoso, lamentando, por su condición astral, no poder compartir en la pipa sagrada, un buen puñado de hierbas mágicas del bosque.