«Tiene aspecto de director, actúa como director, habla como un director y es un director condenadamente bueno». (Don Siegel)
«Aprendí mucho viendo trabajar a Hawks. Lo admiro mucho. Es un ingeniero. Observarlo es como ver a alguien montar un mecanismo de relojería» (Billy Wilder)

– Como realizador usted parece tener, ante todo, una consigna: no aburrir. ¿Existen fórmulas para eso?
– No. Existen fórmulas para preparar refrescos, no para hacer películas. Cuando alguien dice que Río Bravo y El Dorado tienen la misma fórmula está confundiendo fórmula con estilo. No creo en las formulas, en las escuelas ni en los métodos. Un realizador debe aprender una técnica y a partir de ahí moverse en tierra de nadie. No debería llamarse realizador alguien que imita a otros.
– Usted, como Ford, decía odiar «esas películas dirigidas a las minorías».
– Pertenezco a una generación que hizo cine pensando en el gran público porque era este quien mantenía la industria. Es así de simple. No creo que eso nos impidiese ser originales o tratar temas «serios».
– ¿Que idea tiene usted del gran público?
– La mayoría de los espectadores soportan una gran frustración, una tremenda rutina en sus actividades cotidianas. En su interior algo les dice que podrían vivir más intensamente. Acuden al cine para identificarse con hombres y mujeres que viven grandes experiencias, y un director debe ser su cómplice no su amonestador.
– ¿Qué le interesa a usted de una historia?

– Que sus personajes vivan situaciones límite, en una comedia o en un drama, y el mayor drama es aquel que tiene como tema al hombre en peligro, el hombre enfrentado a la posibilidad de perder la vida.
– Con grandes dosis de generosidad, sentido del humor y una filosofía de la acción que excluye toda implicación metafísica. Usted parece mirar a sus personajes desde una extrema benevolencia. Alguien dijo que sus «malos» eran demasiado buenos.
– He visto las suficientes tragedias en la vida real como para comprender que en ningún ser humano es todo rechazable… ¿Extrema benevolencia? Amigo, usa usted una jerga…
– Usted siempre ha intervenido en los guiones de sus películas, junto a escritores de la talla de Hemingway, Faulkner, Ben Hecht…
– Si, yo aportaba, si puedo expresarlo así, la «mentalidad fílmica». Hay que tener cuidado con los buenos escritores que se acercan al cine. Faulkner solía preguntarme «¿Es esto lo bastante evidente para ti?». He sido partidario de la concisión, de no crear distancias entre lo que «es» un personaje y lo que dice o hace. Nunca he perdido el tiempo matizando psicologías. Si un personaje es violento prefiero que lo demuestre con una buena pelea.
– ¿Es por eso que decía que no le gustaban los personajes «complicados»?

– Me gusta contar historias de seres normales, quizás algo chiflados pero no «anormales» ¿Sabe? No hay nada más difícil que contar a través del cine las andanzas de un loco.
– Faulkner decía que, con usted, todos los actores parecen buenos.
– Oh, eso no es un mérito porque nunca he buscado actores sino tipos. Si voy a trabajar con John Wayne escribo para John Wayne. Eso facilita mucho las cosas. Le pregunto «¿Tú le taparías la boca a Roscoe con la culata del rifle?» Y Wayne me dice «No, hombre, yo giraría sobre mis talones y le saltaría los dientes con el cañón». Durante el rodaje cambio diálogos y situaciones. Me adapto a cierta dinámica que generan los propios actores, y si es posible hago el montaje mientras ruedo. Siempre estoy abierto a la improvisación.
– Usted, como Wyler, Ford o el mismo Hitchcock, parecía moverse con idéntica soltura en la comedia y en el drama.
– Son una misma cosa. Cuando alguien se mete en dificultades, puede reaccionar de un modo cómico o dramático. Todas mis películas tienen una parte de comedia. Me gusta hacer reír al público. Una de las sensaciones más maravillosas que puede experimentar un realizador, es sentarse en una butaca y escuchar las risas de la gente.
– Decía Jane Rusell que era usted de ese tipo de hombre que siempre mira a una mujer a los ojos.
– Tendría que haber visto mis ojos cuando me daba la espalda.
– Y que era usted un buen jugador de ajedrez.
– Todos deberíamos aprender de ese juego. Terminada la partida, el rey y el peón vuelven a la misma caja.
Para Sigfrid Montleon, por los viejos y buenos tiempos





























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