De él dijo Murnau: «Flaherty percibía la naturaleza con extraordinaria intensidad. Podía seguir tus palabras y al mismo tiempo vigilar el movimiento del río o el vuelo de un pájaro. Poseía ese tipo de sensibilidad que uno encuentra en los niños y lamenta haber perdido».

Se le ha considerado el Rousseau del cine, el creador del documental elaborado, el primer maestro del cine-verdad.
Su fantasma nos ha citado en la cumbre más alta que ha podido encontrar. Dos horas de viaje entre risco y matorral.
– (Tras media hora de charla inpublicable). ¿A qué llama percepción total?
– Fíjese en este maravilloso paisaje. Montañas, árboles, la tierra en sombras; todo parece tamizarse en esa increíble luz. Si permanece atento y en silencio, sin dirigir la mirada a un sitio en particular, quizá descubra que todo cuanto percibe es vibración. La roca, el árbol, la quieta laguna es un todo vibratorio, un campo energético. Los niños se relacionan o, mejor, viven esa vibración. No crean división entre ellos y el mundo. Lamentablemente esa forma de «ser» les es pronto arrebatada. ¡Qué ansiosos estamos por crearles un «yo»!
– ¿El «yo» impide la percepción?

– El «yo» es moldeado por la educación para que el niño encaje en un determinado sistema. Ya ve, ellos son seres vitales, armónicos, inmersos en la totalidad del presente. Y nosotros los encadenamos al tiempo psicológico. «Tú eres esto, pero debes convertirte en aquello». Creemos que los niños son seres incompletos. Cuando la labor educativa ha terminado, el «yo» se ha convertido en un centro desde el cual usted mira la realidad. Y todo lo que posee un centro está limitado. Su visión de la vida siempre será fragmentaria.
– Usted hablaba de percepción total en ciertos pueblos primitivos, como los esquimales.
– Hace muchos años tuve la oportunidad de convivir con una familia esquimal en la bahía de Hudson. Durante una semana nos acompaño Carl Trefil, el antropólogo. El se sorprendía de que los esquimales siempre permaneciesen atentos a su presente. Pretendía estudiar sus orígenes, sus índices craneoencefálicos, ya sabe como son estos tipos. Nos sentábamos frente a la sonriente familia y… ¡Qué increíble experiencia!. Trefil bombardeándolos a preguntas y ellos riendo y gesticulando como payasos mientras vigilaban nuestro más leve movimiento. Se preocupaban de que masticásemos la comida adecuadamente, de que nos sentásemos en la postura correcta, de que no sintiéramos frío. Y Trefil tomando notas. Ya ve, el miraba desde un pequeño sector de su mente, un «yo» científico moldeado por toda la cultura y los prejuicios de Occidente. Ellos nos veían desde la totalidad de su organismo, desde sus mentes, desde sus nervios, desde su corazón. Su universo no estaba hecho de ideas. Era tacto, olor, vibración.
– Pero… ¿Diría que ellos observaban sin la actividad de un «yo»?
– Sin la actividad del pensamiento como «yo». En ellos el pensamiento estaba ordenado, cumplía una función precisa. Lamento hablar de ellos en pasado, pero como sabe, toda su maravillosa cultura ha sido destrozada. Hoy la bahía de Hudson es un estercolero y los descendientes de aquellos hombres extraordinarios malviven de los peores trabajos. Es difícil encontrar un esquimal que no sea alcohólico. Los esquimales que yo conocí eran gente vital, apasionada. En su lengua, el Inuit, no existía la palabra libertad, pues no creían que existiese forma alguna de esclavitud. Para ellos el mundo era un todo perfecto, un orden que no debía ser alterado. ¿Cree que desde nuestra mentalidad de hombres civilizados podemos postular un mundo ordenado?

– No sé si comprendo bien su pregunta.
-El hombre civilizado ve la vida como un mecanismo del que puede eliminar piezas a voluntad. Vea la espantosa mortandad que hemos provocado. Convertimos las selvas en desiertos. Si un esquimal caza una foca aprovechará todo su organismo. Si usted la mata por aprovechar su piel, cometerá a sus ojos el más espantoso de los crímenes. Y de hecho, ellos mantuvieron el equilibrio de su medio ambiente durante milenios. Oh, crea que ellos con su tremenda austeridad eran seres realmente felices. ¿Sabe que eran llamados «el pueblo que ríe siempre?». El hombre civilizado, con ese bagaje ideológico del que se siente tan orgulloso, es incapaz de concebir un orden que no implique violencia contra otro ser humano o contra la naturaleza.

– Usted parece decir que la percepción total tiende al orden.
– La percepción total «es» orden. Si usted mira desde el «yo», solo ve un fragmento de la vida. Y la vida no es un fragmento, es una totalidad. Mire, la Tierra es un organismo vivo. ¡Lo es realmente!, No estoy idealizando nada, los bosques son sus pulmones, los mares son su matriz, los seres vivos su conciencia, su más extrema sensibilidad. Percibir esa totalidad es orden. De ahí se desprende el Bien.




















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