FANTASMAS DEL CINE: Alfred Hitchcock «Buscando víctimas»

Ningún «intocable» del cine se ha mantenido tan fiel a un género.

Nadie ha descuidado tanto la historia en función del estilo, ni ha confiado tanto en la técnica para convertir lo más flojo del guión en lo mejor de la película. Ningún realizador ha defraudado menos con tanta producción.

A partir de «Encadenados» (Notorious, 1946) toda la comedia y la intriga americanas, desde Billy Wilder, Minnelli y Donen hacia abajo tuvieron algo del toque «Hitch». Y es que el «endemoniado cineasta» de Sadoul no solo fue un maestro del suspense.

Supo entusiasmar a músicos de la categoría de Rozsa, Tiomkin y Bernard Herrmann. Elevó a la categoría de arte la sobreiluminacion de la escuela americana de fotografía. Cómo escenógrafo fue tan meticuloso como Ford o Capra. En la yustaposición de travellings más preciso que Orson Welles. Y ni siquiera Mankiewicz tuvo su elegancia al ensamblar la historia al tiempo fílmico.

Fue el único realizador que al adaptar obras literarias siempre superó al original.

Acude a la cita con la típica puntualidad del fantasma ingles.

– ¿Ha leído la biografía de Donald Spoto?

– ¡Ese hijo de perra! Tres páginas para demostrar que yo era un buen realizador y siete para convencernos de que, además, era poco menos que un sátiro.

– ¿Y no lo era usted?

– Yo era un simple reprimido. Como el noventa y ocho por cien de los seres humanos que han pisado el planeta. Pero ejercía de realizador en Hollywood y allí lo eran únicamente el ochenta y cinco por cien.

– Debió pasarlo mal entre tanta belleza.

– En realidad tuve mucha suerte. Imagine a un tipo de mis características físicas ejerciendo como agente de seguros. Mire, la diversión favorita de Grace Kelly era masajear mis hombros; eso la relajaba. Ni que decir tiene que, durante los rodajes, yo alteraba sus nervios todo lo que podía. Vera Miles era hipocondríaca. Se pasaba el día atribuyéndose enfermedades. ¿Sabe dónde se tranquilizaba? En mi sofá favorito, con la cabeza sobre mis piernas. Puede jurar que añadí un par de buenos síntomas a su colección. En cuanto a Ingrid Bergman, después de besar a Cary Grant o Gregory Peck siempre venía a besarme a mí.

Sí, amigo, después de Cukor he sido el director de Hollywood más besuqueado y manoseado por mujeres hermosas.

– ¿Dónde se inspiraba usted?

– ¿Se refiere a los temas de mis películas? ¿O sigue hablando de mujeres?

– A sus películas.

– No olvide que soy inglés. Los americanos de mi generación aprendían a leer con Mark Twain, Fenimore Cooper y Zane Grey. Sus héroes de infancia eran Tom Sawyer, Daniel Boone o algún camorrista por el estilo. He conocido a pocos americanos que hayan leído a Poe. En Inglaterra los escolares leen a Conan Doyle, Chesterton y Stevenson, tres maestros de la intriga. El mismo Shakespeare se sentía fascinado por las mentes criminales. ¿Comprende que, con semejante «educación», para un inglés Jack el Destripador sea un héroe nacional? Y no porque descuartizase a unas cuantas prostitutas, algo de evidente mal gusto. El se permitía enviar cartas y orejas a Scotland Yard. Y eso es deportividad.

– Sí.

– Mire, el setenta por cien de los crímenes que se investigaron en Inglaterra en la década de los cincuenta permanecen sin resolver. Y tenemos la mejor policía del mundo.

– Y evidentemente, los mejores criminales.

– Unas gotas de veneno indetectable en la taza de té, un empujón al borde del acantilado, un arreglo en el motor del automóvil… Y una buena coartada. Eso es estilo. En Norteamérica el marido despechado le descerrajará dos tiros a la esposa y correrá a contárselo al vecino, o quizá se acerque a la parroquia y vacíe el resto del cargador sobre los feligreses. Son así de burdos. Volviendo a su pregunta, mi mayor fuente de inspiración eran la páginas de sucesos de la prensa inglesa.

– ¿Por qué sus películas se vendían mejor en Norteamérica?

– Oh, es un mercado inmenso; con ese tipo de espectador que dice: «Iremos a ver esa película de Cary Grant con Grace Kelly«. Y uno tenía que cuidar la historia de amor. Fíjese en «Dial M for Murder», ¿Cómo la llamaron en su país?

– «Crimen perfecto».

– ¡Qué atrocidad! ¿Por qué no «Una esposa para el sepulcro»? Miré esa es una típica película inglesa, como «La sombra de una duda» o «La soga», y gustaron en Inglaterra. Los americanos las consideraron aburridas.

– Usted dijo que no se consideró plenamente aceptado en Norteamérica hasta el éxito de «North by norhwest» (Con la muerte en los talones).

– Sí. Era mi película más frenética, más americana, la menos creíble de todas las increíbles historias que he contado. El público estaba entusiasmado.

– Y, sin embargo, usted rueda a continuación «Psicosis». Un film, casi, de serie B y en blanco y negro.

– Fue un ajuste de cuentas, ahora puedo decirlo. Acumulé demasiada agresividad en aquel país y pensé que había llegado la hora del desquite. Norteamérica está llena de tipos a lo Norman Bates. Son esa clase de psicóticos que proliferan en toda sociedad matriarcal. Pero ese film era algo más que la crónica de un demente. En realidad intenté agredir los condicionamientos más profundos del espectador americano.

– Y se atrajo al público con Anthony Perkins y Janet Leigh, dos ídolos de los «teenagers».

– Y con la dulce Vera Miles y el guapetón de John Gavin. Sí, fue toda una estrategia. El espectador desprevenido salía del cine en un estado similar al trance.

– Luego dirige «The birds» (Los pájaros, 1962). La envoltura del terror es ahora la típica tarta fotográfica americana; un pueblecito apacible, un romántico flirteo, y la familia americana acosada por una amenaza irracional.

– Es difícil comprender ahora cómo reaccionaba el espectador de los 60. En Norteamérica acudían al cine con su Coca-Colas y sus palomitas de maíz, y lo hacían en familia. Ellos querían olvidar sus problemas durante unas horas. Entonces se apagaban las luces y empezaban los gritos. Luego llegaban esas cartas que decían: «Vuelva usted a Cary Grant«.

– Y usted, lamentablemente, abandona el terror y tras la experiencia de «Marnie» vuelve al espionaje ¿Se sintió agusto con películas como «Topaz»?

– Por entonces el público americano se mostraba cauteloso con mis películas. Ellos querían divertirse y películas como «Psicosis», «Los pájaros» o «Marnie» les obligaba a pensar. Volví a sentirme cómodo con «Frenesí» y «Family Plot» (La trama, 1975).

– ¿Por qué trataba tan mal a las heroínas de sus películas?

– ¿Eh?

– Bueno, sus protagonistas masculinos siempre aparecen como el principal objeto de deseo. James Stewart se verá acosado por Grace Kelly o provocará que Kim Novak se destruya por su amor. Y que decir de la Ingrid Bergman de «Encadenados» o «Recuerda» o la Joan Fontaine de «Rebeca» y «Sospecha». A Vera Miles la manda a un Psiquiátrico, a Janet Leigh la cose a puñaladas, nos ahorca a Alida Valli, tira de un campanario a Kim Novak...

– Bueno, bueno… Hice lo contrario en «Marnie» y no funcionó. Por otra parte… ¿Qué quería usted? Uno debe gratificar al público, y el público, especialmente el femenino, disfruta viendo a la heroína sufrir por… ¿O es que debía enviar a la horca a Gregory Peck y tirar del campanario a James Stewart?

– ¿Nunca sintió esa tentación?

– Pues… Ahora que lo dice…

Un comentario sobre “FANTASMAS DEL CINE: Alfred Hitchcock «Buscando víctimas»

Deja un comentario