«Solo una mente silenciosa que mira el árbol, las estrellas o la inocente sonrisa de un niño, sabe qué es la belleza» (Bruce Lee).
«Bruce Lee era un filósofo, un profundo y apasionado amante de la sabiduría» (Steve McQueen).
«Uno es discípulo de la verdad, si comprende que para llegar a la verdad, no hay que seguir a nadie» (J. Krishnamurti)
«Hay un nombre que emerge hoy en contraste con todo lo que es confuso, sospechoso, pedante, y esclavizador: Krishnamurti. Es un maestro de la realidad. Es único» (Henry Miller)

Desde la cima de la montaña, el fantasma de Bruce Lee nos invita a contemplar, en la quietud del amanecer, la densa jungla donde, por milagro, aún viven algunas familias de tigres.
Nos cita frases de un tiempo muy antiguo, cuando los monjes de Shaolin meditaban en esta jungla en paz con las fieras.

«Llenos de encanto son los bosques solitarios. Allí donde la gente se incomoda, se complace el corazón de los que están liberados»
– ¿Cuando despierta su interés por las artes marciales?
– De niño sufrí el acoso de un grupo de adolescentes que practicaban Karate. Entre golpes e insultos, me amenazaban con «reventar» mi pecho si hablaba con alguien de todo aquello. Por las noches me despertaba llorando. Busqué en el arte marcial una forma de protección.
– Usted escribió que vivía un «permanente descontento creativo» hasta que leyó a Krishnamurti.
– Las escuelas que iba conociendo, presumían de vivir ancladas en la tradición, repitiendo a través de generaciones la misma disciplina (Pausa). Desde nuestra inseguridad, buscamos maestros que nos señalen la dirección correcta, la técnica adecuada, que debemos o no debemos pensar, hasta que nuestra conducta y pensamiento se hacen mecánicos. La técnica, el estilo, es entonces una irreflexiva repetición de ejercicios que no ofrecen conocimiento propio ni libertad.
– Durante aquel proceso, usted leía y subrayaba frases del Buda y Lao Tse.
– Y de escrituras que hablan de un maestro que siente verdadero afecto por el discípulo, al que enseña a meditar, a cuidar y mover el cuerpo con armonía y a sobrevivir en la naturaleza, dentro de una disciplina que no tiene nada que ver con la imitación, el conformismo, la represión o el miedo. Llegado a un punto, ese maestro te dirá que no debes seguir a nadie excepto a ti mismo y te dejará para que ayunes, solitario, en el corazón de la jungla.
– «La verdad es una tierra sin caminos» repetía Krishnamurti.

– Vea lo que eso significa. Durante milenios ninguna forma de gobierno, ninguna creencia religiosa, ninguna ideología ha traído paz al mundo. Somos herederos de una tradición insensata y la inseguridad y el miedo son el estado común a toda la humanidad, viva uno en una choza o en un palacio, en la miseria o en la cima del poder.
– Y según el Buda: «el fin del miedo es el principio de la sabiduría»
– Miro a mi alrededor y veo el antagonismo, las disputas, las guerras. Resulta difícil imaginar un mundo más caótico, brutal y desdichado. Dudo, pues, de la cordura de los que gobiernan y dudo de mi propia cordura, porque yo soy un producto de toda esa confusión. La duda es la base de la verdadera meditación.
– Que usted llamaba «arte»
– Y es la constante vigilancia del mundo exterior y de los movimientos de nuestra propia consciencia, la percepción alerta de cada palabra, de cada pensamiento, sin condenar, sin justificar, sin dirección alguna. En ese estado de «no saber» existe la posibilidad de aprender, de captar algo verdadero.
– Hábleme de ese discípulo que ayuna en la jungla. Según la tradición, el Buda se ilumina en un bosque donde viven tigres y panteras. De Jesucristo dicen los evangelios que se retiraba a lugares desiertos «y vivía entre las fieras salvajes». En aquellos espacios los romanos cazaban leones.
– En tradiciones de todo el mundo encontramos la figura de un hombre, una mujer y muchas veces un niño, que encuentra protección en los bosques.
De aquellos discípulos unos contaron que «un tigre dormía muy cerca» que los monos les traían fruta, que una loba disfrutaba viéndoles jugar con sus crías o que las serpientes se dejaban acariciar. Piense que las formas más creativas del arte marcial de manos desnudas vienen de la observación de los animales.
– ¿Como llega usted a Krishnamurti?

– Leí en uno de sus libros que la verdadera disciplina es la cualidad de una mente que no se amolda, no imita, no sigue, no obedece. El decía que esa mente es disciplinada en si misma, siempre está aprendiendo.
– En esas palabras encontró, dijo usted, la filosofía del Jeet Kune Do, su estilo de arte marcial.
– Luego leí sobre sus encuentros con animales salvajes: osos, tigres, grandes monos, cobras… Decía que su mente no abrigaba temor alguno ante aquellas «maravillosas criaturas de la selva».
Una vez cogió la mano de un gran mono, muy peligroso. Contaba que se miraron con el entrañable afecto de dos viejos amigos que llevan mucho tiempo sin verse.
– Las gentes de Shaolin, el Buda, Krishnamurti, todos ellos eran vegetarianos.
El Buda decía: «El verdadero maestro no daña a los animales, grandes o pequeños. No come su carne. No mata ni es causa de matanza. La abeja liba el néctar de las flores sin ajar su belleza y su perfume. Así el maestro ama, cuida y protege la vida en todas y cada una de sus manifestaciones»
Albert Einstein añadió que nada beneficiaria tanto la salud del hombre y de los ecosistemas como la evolución hacia una dieta vegetariana.
Para Jesús Valenzuela, que sueña estos mundos desde niño.
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